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1 Focus Lumen Factor cero Edgar R. Ramírez Zárate
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Edgar R. Ramírez Zárate - Factor Cero

Apr 10, 2016

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lemorte666

“Voy a encontrarte” Son las palabras que encierran la más épica de las batallas, esa que definirá el resto de la existencia humana. Después de un evento catastrófico que merma la vida en la tierra, bautizado como: “El colapso”, la humanidad trata de restablecer la vida en base a la energía más pura e inagotable que existe, el bien llamado “Lumen”; el único problema es que ese poder, fue el causante del mismo colapso en primer lugar, lo que lo vuelve un riesgo latente. Además, mientras las personas tratan de reconstruir su mundo, habitantes de otro, harán lo posible por hacerse del inagotable poder del Lumen. David, Tessa, Kira y Razi, los únicos humanos que pueden manipular esta energía a placer, serán la defensa final, contra estos poderosos y temibles seres.
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Transcript
  • 1

    Focus Lumen

    Factor cero

    Edgar R. Ramrez Zrate

  • 2

    ndice

    Prefacio4

    Prlogo.14

    Captulo I Amigos....18

    Captulo II Verdades negadas, despedidas impuestas..40

    Captulo III Un extrao individuo...59

    Captulo IV Los horizontes que se aproximan70

    Captulo V Un nuevo amigo.91

    Captulo VI Anhelo..108

    Captulo VII Cambios necesarios..135

    Captulo VIII Hogar...151

    Captulo IX Nuevos planes, grandes negocios...173

    Captulo X Valor, orgullo y vergenza188

    Captulo XI Pasos importantes...205

    Captulo XII Razi.226

    Captulo XIII Objetivos242

    Captulo XIV Cinco corazones254

    Captulo XV Sueos, miedos y realidades..279

    Captulo XVI Los ideales discordantes301

    Captulo XVII Aliquid Novi...316

    Captulo XVIII Noche buena; madrugada trgica.331

    Captulo XIX El factor cero344

    Captulo XX Cantharos.362

    Captulo XXI Una bestia dormida; un alma perdida..381

    Captulo XXII Reminiscencias ...419

  • 3

    Captulo XXIII Omar, Henry y Rita..424

    Eplogo.431

    Voy a encontrarte

  • 4

    Gabriel logr transportarse al templo con lo poco que le quedaba de energa. Casi todo el Lumen pareca haber abandonado

    su cuerpo y por un momento, sinti que el control que tena sobre l

    se esfumaba. Cual coladera tratando intilmente de contener el agua.

    Rpidamente se despoj de su espada y de una pistola Colt Delta

    de buen tamao, y los coloc a cada lado suyo. Vesta una delgada

    pero firme armadura negra que cubra parte de su pecho, hombros,

    brazos y piernas. Cay sobre sus rodillas y esper varios minutos a

    que sus heridas sanaran.

    El sudor que corra por su negro y corto cabello y la sangre que

    escurra por sus blancas y duras mejillas, le hacan sentirse un poco

    ms cerca de los humanos. Ese pensamiento era el nico que le daba

    nimos: se senta uno de ellos. Pareca que poda compartir un poco

    de su dolor; dolor, que, sin duda, en estos momentos, era demasiado

    para los mortales corazones de los hombres y mujeres que, desde

    ahora, tenan que empezar de cero.

    Pero l saba que todo aquello era pasajero. Pronto su dura piel

    comenz a sanar con la rapidez y constancia con que las olas borran

    las huellas en la arena. La sangre dej de escurrir y unas delgadas

    lneas escarlatas quedaban como nica evidencia; el sudor no brot

    ms. Los moretones y heridas empezaron a desaparecer y poco a

  • 5

    poco el dolor fsico se desvaneci. Eso slo lo haca sentir culpable y

    el pesar de su alma pareca apretarle el pecho.

    Gabriel se puso de pie, sonri con irona y camin por los

    pasillos del templo. Ya crece se dijo.

    Aquel lugar era magnfico: paredes de mrmol, blancas como la

    cera; pisos negros, brillantes y lujosos; columnas altas y talladas con

    finas formas. Era, en pocas palabras, algo que los griegos podran

    haber confundido con el Olimpo, lo cual, en realidad, no estara tan

    alejado de la verdad.

    Gabriel recorri los aposentos. Metros y metros de ostentosidad

    no llamaron su atencin. Haba vivido ah toda una eternidad y eso

    era para l, simplemente una casa. Ignorando varias puertas a su

    paso, lleg al final del corredor. Ah, un enorme tallado de madera

    descansaba solemne y pacfico frente a Gabriel.

    Todo estaba oscuro, como jams lo haba estado, ya que en ese

    sagrado lugar la luz jams haba desaparecido. Hasta entonces.

    El grabado tena representada una especie de escena

    apocalptica. En la parte superior, unos seres alados flotaban

    alrededor de una figura ovalada que pareca emitir haces de luz, lo

    cuales se dirigan hacia donde los humanos estaban obviamente

    representados. En dicha imagen se erguan hombres de rostro y

    actitud prepotente, riendo y disfrutando de excesos. Bajo ellos, varias

    personas de aspecto humilde trabajaban el campo y lloraban a un

    difunto. Por ltimo y al pie de aquel ornamento de madera, unos

    seres fantsticos miraban hacia arriba, tratando de llegar a la

    superficie, y as, alcanzar a los humanos.

    Gabriel dirigi su rostro de finas facciones y sus ojos de un

    peculiar y nico color naranja, a la escena que tena frente a l.

    Levant uno de sus dedos y dibuj una figura en el aire. Por donde

  • 6

    pasaba la punta de su dedo, una lnea dorada quedaba suspendida en

    el vaco. Cuando por fin termin, una especie de pentagrama qued

    estampada en el aire y aquel muro de madera se parti en dos,

    formando una puerta de enormes proporciones.

    Gabriel no se movi, slo se qued ah, mirando el agujero negro

    e interminable que la puerta haba descubierto. Cuando por fin pudo

    dar un paso, lo dio hacia atrs mientras cerraba sus ojos, llenos de

    dudas y remordimientos.

    -Es duro no? Tener que sellarla. Jams volver a cruzarla - pregunt una voz ronca a sus espaldas. Gabriel se dio la media vuelta y observ cmo una figura se diriga hacia l, caminando cual alma en pena. Se trataba de Rafael, su hermano mayor.

    Gabriel era alto y estaba en buena forma. Incluso su fuerza sera

    cientos de veces mayor a la del hombre ms poderoso del mundo,

    pero, al lado del recin llegado, pareca un adolescente flacucho y

    cualquiera. Rafael meda casi dos metros y era tan corpulento como

    un toro. Su largo y rubio cabello, caa por debajo de sus hombros.

    Llevaba una barba de candado, unas arracadas en cada oreja y una

    armadura similar a la de Gabriel, slo que en color azul. Sus ojos

    celestes, observaban fija y tristemente a Gabriel, quin no le devolva

    la mirada, sino que lo examinaba de pies a cabeza.

    Gabriel not que su hermano no tena heridas o stas ya haban

    cicatrizado; quiz haba llegado ah incluso antes que l mismo.

    Aunque se alegraba de verlo con vida y senta cmo parte de la

    presin en su pecho desapareca, no pudo expresarlo; en cambio,

    forz una sonrisa, sin nimos de seguirse lamentando.

    Rafael se detuvo apenas a unos centmetros de Gabriel. Quiso

    decir algo, pero se contuvo. Mir hacia el tallado de madera y suspir

    ligeramente.

    - Y Miguel ngel?- pregunt por fin Gabriel

  • 7

    - No regres. Creo que no ha estado aqu desde el inicio de la guerra. No lo he visto. No creo que quiera ser encontrado- contest Rafael con un hilo de voz.

    Gabriel levant la mirada, era como la de un nio cuya navidad

    se haba cancelado: en parte colrica, en parte extraada.

    -As que el muy desgraciado decidi salir por la puerta de atrs. Vaya que si me enga todo este tiempo. Pens que algo as era muy bajo para l. Rafael, lo mir. No haba una respuesta-. Bueno, qu ms da continu-. Un anticido ser ms que suficiente. Algo as puede causar indigestiones, incluso a entes como nosotros. Se tom unos momentos y reflexion-. Pero l sigue ah afuera. Puedo sentirlo.

    Rafael no se movi, ni siquiera relaj su mirada un poco. Miles

    de aos, le haban enseado que el ms pequeo de sus hermanos

    sola esconder el dolor detrs de una careta de despreocupacin.

    Tambin haba aprendido a no ir contra eso.

    -Es cierto, l est ah y debo encontrarlo -dijo Rafael al fin, firme pero sin emocin. Y entonces va a tener que responderme a m por todo; por todos- sentenci Rafael.

    Gabriel senta como si lo hubieran abofeteado en cada mejilla. En

    toda su existencia jams haba presenciado que Rafael siquiera

    cuestionara un poco la autoridad del mximo en el templo. Miguel

    ngel siempre haba sido la voz de la verdad en el mundo de su

    gigantesco hermano y en ese momento, a pesar de la serenidad que

    aparentaba, poda sentir cmo el Lumen alrededor de Rafael se

    encenda. En aquel ser querido que jams hubiera salido ni un poco

    de los parmetros, hoy haba odio. Aunque no le hara mal aprender

    una que otra palabrota, es un avance pens para s.

    -Rafael, l no, por qu no estuvo ah? Con nosotros -pregunt en un tono ms serio. Tena que saber por qu pas lo que pas, por qu todo haba salido tan mal.

  • 8

    -Gabriel, tenemos muy poco tiempo-. Fue la respuesta de Rafael, quin por fin reaccion. Camin hacia la puerta y pas las yemas de los dedos sobre el tallado de madera-. Por fin alcanzaron este lugar ellos, los Parac-tos Estos cuartos pronto se llenaran de esos seres, as que

    Gabriel mir a su alrededor. Ya lo haba sentido, slo que no haba querido darlo por hecho. Su hogar dejaba de ser un lugar seguro.

    -S, ya veo. Menos mal, tena casi veinte minutos sin pelear ironiz- Cul es el plan?

    -Debemos escapar. Esta no es una batalla que podamos ganar aqu sentenci Rafael.

    -Y, despus de eso? No es por nada, pero no se me da eso de la ociosidad.

    -Ir por Miguel ngel indic Rafael, con voz severa- una vez que salde cuentas con l, buscar a Adam y a sus guerreros. Si ellos mueren, no habr ms que temer.

    -Nah, t slo quieres llevarte todo el crdito se quej Gabriel-. No saba que tenas delirios de grandeza. Qu se supone que haga yo entonces, gran jefe?

    -Encuentra a los sellos pidi Rafael-. Alguien debe cuidarlos y entrenarlos.

    -Se supone que ese sea yo? No lo s, jefe. Mi nivel de responsabilidad recuerdas? Es tan vago como tu sentido del humor. Yo no puedo, no soy el ms indicado -dijo al final, con lapidaria seriedad.

    -Yo no estara tan seguro. Gabriel, no hay nadie que los conozca mejor que t Por Andemin! exclam a forma de expresin-, Dios sabe cunto me quej de tu afinidad hacia ellos. Hoy podra sernos til.

    -Dios? Creo que alguien es ms humano de lo que quiere aceptar.

    -Adems -sigui Rafael- no estars solo.

  • 9

    Gabriel levant la mirada, frunci el ceo y mientras se dispona

    a preguntar a qu se refera, ambos lo sintieron. El tiempo se haba

    terminado. Observ entonces al vaco, a ese hoyo negro que creaba la

    oscuridad profunda del pasillo. Cont entre dientes y sonri.

    -Vaya, deben ser cientos de ellos- se sonri Gabriel mientras se volva hacia Rafael.

    -S, creo que si uno ms apareciera tendramos problemas- respondi Rafael devolviendo la sonrisa.

    -Acaso eso fue una broma? se sorprendi Gabriel-. Justo en el momento menos adecuado te pones todo comediante conmigo. Mejor te concentras, viejo.

    -Lo que t digas.

    Gabriel, sin dejar de sonrer, tom el hombro de su hermano,

    Rafael hizo inmediatamente lo mismo.

    -Entonces nos vemos pronto? -pregunt Gabriel

    -Tarde o temprano. Cuida los sellos- contest Rafael con una voz que denotaba tristeza disimulada.

    -Cudate a ti mismo.

    Gabriel termin de decir esto y se dio la media vuelta. No quera

    expresar la desesperanza que en esos momentos invada toda su piel;

    no era su estilo. Lo mejor era partir, saber que no haba nada ms que

    decir y que haba tantas cosas por hacer. Quiz era la ltima vez que

    vea a su hermano; nadie les aseguraba siquiera salir de aquel, alguna

    vez, acogedor lugar. Y de pronto, cuando la nostalgia pareca entumir

    sus sentidos, los vio.

    Decenas de criaturas rastreras y giles se dirigan hacia ellos,

    con sus ojos amarillentos fijos en los dos hermanos. Sus cuerpos

    parecan estar hechos de petrleo y su piel, estaba llena de escamas

    puntiagudas. Se asemejaban a sombras con volumen y movimiento

    propio: Los parac-tos susurr Gabriel.

  • 10

    Uno de ellos levant lo que deba ser su rostro, emiti un

    extrao sonido y se movi con una rapidez fuera de lo comn en

    direccin a Gabriel. Desafortunadamente para la criatura, ambos

    hermanos eran todava ms rpidos.

    Gabriel, con un sencillo pero gil movimiento, eludi el ataque

    de la criatura. Rafael extendi su brazo y atrap entre sus dedos el

    cuello del parac-to, el cual gimi de dolor. Rafael apret los dientes.

    Un aura de color azul celeste, rode todo su cuerpo. Cerr su mano y

    sin el menor esfuerzo, pulveriz a aquel ser.

    El resto de los parac-tos tomaron esto como su bandera de

    salida. Todos atacaron en bandada, soltando chillidos y brincando

    enloquecidos.

    Gabriel rpidamente cambi su postura. Aquella misma energa

    azul, rode cada milmetro de su cuerpo. Mirando fijamente a sus

    objetivos, levant los brazos. El dedo ndice de su mano derecha

    apuntaba al frente, su mano izquierda sostena el brazo contrario. De

    la punta de su dedo extendido, una lnea de energa sali disparada y

    todo lo que tocaba a su paso, estallaba en llamas azules. Varias

    criaturas fueron alcanzadas y soltaban gritos guturales.

    Rafael hizo aparecer de la nada, una cadena dorada que no tena

    fin. La punta era parecida a la de una flecha y responda a la posicin

    de los enemigos. Se levantaba como un sabueso buscando su presa.

    Lanz uno de los extremos hacia sus enemigos. La cadena, que

    aparentaba tener vida propia, fue sujetando una a una a las criaturas.

    Cuando tuvo un nmero considerable de ellas atrapadas, Rafael dio

    un energtico tirn a su arma, la cual arrastr a los seres y los junt

    en una enorme masa de negrura, para despus ser rodeados de la

    extraa energa azul y desaparecer pulverizados.

    Gabriel corri varios metros por el pasillo y en menos de un

    segundo estaba a un lado de su espada y arma de fuego; abandonados

  • 11

    por l, minutos atrs, presa de su melancola. Tom su sable y se

    incorpor. Dos parac-tos se abalanzaron sobre l y fueron partidos a

    la mitad con un par de giles movimientos de mueca. Se dirigi a

    una de las ventanas del templo. En el jardn haba un ro de enemigos

    que entraban por la puerta principal. A un lado de aquella multitud

    de seres oscuros, dos sujetos con figura humanoide, cubiertos por

    mantas cafs de pies a cabeza, observaban la escena.

    Rafael, mientras tanto, luchaba con varias criaturas al mismo

    tiempo. De potentes puetazos mandaba volar a cada sombra que

    tena la mala idea de acercarse a l. Sin embargo, al segundo parecan

    multiplicarse y pronto ni la fuerza del enorme rubio era suficiente

    para mantener a raya a todos. Gabriel apareci sbitamente a su lado.

    -Ya no estn solos, Rafael. Tiempo de ponernos en polvorosa.

    -Djalos venir, quiz es el momento de saldar cuentas- respondi Rafael, a la vez que, con un poderoso abrazo, trituraba a dos Parac-tos.

    Gabriel dio un paso atrs, puso la espada en su vaina, (la cual

    cargaba a un costado de su pierna izquierda) elev ambas manos y

    las llen de energa.

    -Aleo perditus!- grit Gabriel y extendi las palmas hacia el frente; dos ondas de energa en forma de aros salieron de ellas y recorrieron aquel pasillo de principio a fin. Los parac-tos de pronto quedaron paralizados y antes de que pudieran comprenderlo, explotaron todos al mismo tiempo, dejando slo rastros oscuros de su existencia.

    -Impresionante

    -Definitivo fue lo ltimo que me quedaba -dijo Gabriel.

    -Puedes salir de aqu? -pregunt Rafael.

  • 12

    -S, ya vete, slo me estorbas -respondi Gabriel mientras tomaba nuevamente su espada. Rafael sonri y se dirigi al lado contrario de la enorme puerta de madera.

    -Gabriel-dijo antes de cerrar el enorme y grabado muro.

    -Lo s -contest Gabriel a la vez que miraba a su hermano de reojo. Slo vete y sella la puerta; nadie ms debe cruzarla no es un adis.

    -Cudate -pidi Rafael y desapareci tras la puerta, la cual se cerr y fundi nuevamente en un solo muro.

    Gabriel se arrodill unos momentos y esper. Poda escuchar los

    cientos de pasos dirigindose hacia l. Senta el odio y la aceleracin

    de las criaturas. Cerr los ojos y respir unos momentos. Tranquiliz

    todo a su alrededor. Tena que localizar mentalmente a cada uno de

    sus enemigos; sentir sus movimientos, su velocidad, su energa

    extranjera.

    Todo el templo apareci en su mente, cada ser que lo cruzaba se

    dibuj tan claramente como si los viera en persona. Era el momento.

    Se incorpor e inici su movimiento; un movimiento que un simple

    humano jams habra podido ver. Demasiado rpido, demasiado gil.

    Los parac-tos apenas se percataban de que algo pasaba a su lado

    cuando eran atravesados por la filosa arma de Gabriel. Uno a uno,

    fueron cayendo sin tener tiempo de reaccionar.

    Gabriel lleg a una de las ventanas contrarias a la entrada

    principal del templo. Antes de salir por ella, dio un ltimo vistazo a su

    hogar. Los seres trepaban los muros, recorran los pisos y suban las

    escaleras con ahnco. Todo se haba perdido. Casi sintiendo cmo el

    aire le comprima la garganta y ahogando un grito de lstima,

    abandon el lugar.

  • 13

    Minutos despus, los dos hombres cubiertos en las mantas cafs

    llegaban a la enorme puerta de madera tallada. Uno de ellos dio un

    paso adelante, quedando a centmetros del grabado. Despus de

    examinarlo unos momentos, se retir con elegancia la capucha que

    llevaba sobre la cabeza. Su rostro de facciones toscas y sus ojos casi

    completamente negros se fijaron en su compaero y torciendo la

    boca en una accin que intentaba pasar por sonrisa, estir de ms la

    piel de su cara, la cual tena casi la misma tonalidad de sus ojos.

    -Puedes abrirla? -pregunt en una voz ronca espectral.

    -No -contest el acompaante.

    -Claro. Sigo sin entender la utilidad de tenerte de nuestro lado, Uriel.

    El otro hombre se retir de un tirn la capucha. Su piel (de un

    blanco impresionante) no anunci ningn tipo de gesto. Sus ojos

    cafs se mantuvieron impasibles y su cabello corto y rojo permaneca

    tan tranquilo como l.

    -La buena noticia es que no te corresponde entenderlo- contest Uriel con una voz que expresaba total calma

    -Ciertamente se rindi el tosco sujeto de piel morena. En ese caso, por qu no me muestras el resto del lugar? -Aunque pareca una pregunta, su tono dejaba en claro que era una exigencia. Acto seguido, pas a un lado de Uriel y se alej velozmente.

    Uriel mir unos segundos ms la puerta y la toc con la yema de

    sus dedos. Estaba sellada, tal y como lo pens. Sus hermanos estaban

    ahora lejos de ah.

    Se coloc la capucha nuevamente, dejando slo la boca al

    descubierto, en la que se dibuj sutilmente una sonrisa. Dio media

    vuelta y sigui al otro hombre.

    La guerra slo haba concluido su primer episodio.

  • 14

    Yo estuve ah desde el principio. Cuando la guerra era slo un rumor que creca como una onda en el agua: de forma expansiva pero

    sin escndalo.

    Empez como una simple discusin, como todas las guerras

    comienzan. Un desacuerdo entre dos personas que se convirti en

    una disputa entre dos naciones, y termin en una guerra mundial.

  • 15

    Los humanos haban descubierto el recurso ms ilimitado y poderoso

    de todos. Una energa perpetua capaz de calentar sus hogares, mover

    sus autos, preparar sus alimentos, iluminar sus calles. Por fin, todos

    los problemas del planeta parecan tener solucin. Llamaron a esta

    energa: Lumen.

    Pero los humanos, siendo quienes son, tomaron un camino

    totalmente inaceptable.

    El lumen era un poder inagotable de amplias posibilidades y

    siempre haba estado con ellos. Les daba movimiento, conciencia,

    sentimientos, fuerza. Era una de las cosas ms bsicas para su

    supervivencia y nunca antes la haban notado.

    Una familia fue quien comenz todo. Se dieron cuenta de los

    infinitos beneficios de la energa. Aprendieron a utilizarla, moldearla,

    proyectarla, manipularla en todos los aspectos y despus, le

    presentaron su hallazgo al mundo en forma de una compaa: Focus

    Lumen que significa: Concentrar la luz

    Las grandes naciones fueron las primeras en levantar la mano.

    Queran ese maravilloso poder para su beneficio. Las aplicaciones de

    tal descubrimiento seran astronmicas. Eso solo poda significar

    problemas; los humanos suelen recordar lo imperfectos que son.

    La gente siempre ha tenido la falsa idea de libre albedro. La

    realidad, oculta por los ms altos mandos, resultara estremecedora

    para aquellos con ideales de autonoma. No, no existe tal cosa:

    Trece, ese es el nmero de personas que toman las decisiones ms

    importantes del mundo. Descubr muy tarde esa verdad, para mi

    pesar.

    Arbitrarios movimientos fueron tomados con la triste

    complacencia del resto de la humanidad. Fue escalofriante descubrir

    la naturalidad con la que las personas aceptaban direcciones tan

  • 16

    peligrosas para su propio mundo. Las mismas disputas de siempre

    decan con total lgica.

    Los Trece queran establecer un gnesis propio, algo que

    burlara y sobrepasara las decisiones de su Dios; mostrar que haban

    rebasado tan bajas expectativas. Ellos siempre anhelaron el poder de

    moldear el mundo, de crear una utpica sociedad bajo el yugo total

    de sus ideales. Ahora por fin, lo tenan.

    Y a una indicacin suya, el Lumen fue utilizado para afirmar ms

    la aberrante naturaleza del hombre. Armas con un poder que

    sobrepasaban los ms escandalosos lmites de la imaginacin del ms

    pesimista. Las bombas nucleares de pronto parecieron globos llenos

    de agua.

    No se recuerda quin realiz el primer ataque, tampoco importa

    mucho. Humanos asesinaban humanos en un abrir y cerrar de ojos.

    Ciudades desaparecan a la velocidad de un botn presionado.

    Batallas por todo el mundo, mermaron la poblacin en cantidades

    alarmantes.

    Muchas regiones que solan ser un hermoso lugar para vivir se

    tornaron inhabitables. Comunidades enteras se esfumaron sin dejar

    nada que enterrar. En tres largos aos, el mundo cambi para

    siempre. Llamaron a esta guerra: El colapso

    Un nuevo gnesis.

    Hay algo que pocos humanos saben. Sin ser su intencin, haban

    tomado parte en una guerra que iba ms all de simples desacuerdos

    humanos. Haban participado en el principio de una guerra entre dos

    mundos. No puedo dejar de reprocharme las millones de personas

    que perecieron sin saber la causa. Habitantes de un mundo paralelo

    al humano, cegados por la envidia y corrodos por una ira sin

  • 17

    justificantes, hallaron en la naturaleza blica del hombre, la

    herramienta perfecta para debilitarlos.

    Fueron ellos, artfices principales en la guerra. Soldados

    invasores que tomaron acciones por su cuenta para desestabilizar la

    sociedad humana. Entraron en cuenta de que no necesitaban hacer

    mucho. Manipulables y autodestructivas eran las personas. Con el

    aliciente correcto, la batalla interna de este mundo sera su victoria.

    Pero con la misma velocidad con la que haban llegado, esos

    seres decidieron partir. Los humanos de pronto no comprendieron el

    porqu de su guerra. Ya nadie lograba recordar aquello que los llev

    a pelear, a asesinar.

    Y como si una pesada venda hubiera sido removida de sus ojos,

    la batalla ces.

    Un penoso panorama les esperaba en el horizonte. Continentes

    enteros haban quedado destrozados, inhabitables. Pases

    susceptibles a perderse en las profundidades del ocano a la menor

    provocacin. Una inestable situacin del Lumen, mataba a las

    personas que pisaban los territorios equivocados; inestabilidad

    creada por las innaturales armas de esta energa. Slo parte del

    continente europeo y el norte del africano, mantenan una real

    posibilidad para reconstruir a la raza humana. Ochenta por ciento de

    su poblacin haba desaparecido trgicamente.

    Se decidi terminar con las fronteras: estpidas divisiones entre

    una misma raza. Acuerdos de una renaciente sociedad, fueron

    establecidos. Una nueva ciudad, smbolo de la restablecida paz y un

    anhelado progreso, fue construida en el corazn de la antigua unin

    europea. Esta ciudad fue llamada con el esperanzador nombre de

    Oppidum Lux y fue un ejemplo de lo que el Lumen, correctamente

    utilizado, poda lograr.

  • 18

    Colonias de gran tamao fueron establecidas alrededor de dicha

    metrpoli, creando as, la mayor organizacin distrital de la historia.

    Las reglas y leyes fueron el resultado de un consenso popular a gran

    escala y en menos de dos dcadas, una nueva sociedad haba

    florecido.

    Algunas comunidades, temiendo que una guerra as pudiera

    repetirse, se rehusaron a formar parte de esta floreciente utopa.

    Crearon sus propios pueblos, con sus propias lneas de conducta y

    rechazaron la utilizacin del Lumen como columna vertebral de su

    existencia. Fueron llamadas por la sociedad establecida como:

    aldeas exteriores.

    Pero detrs de esta paz y progreso, existen problemas que, como

    la vez anterior, permanecen en la ignorancia de las personas.

    Los creadores de este nuevo gnesis (los trece), estn

    complacidos con el poder que sus decisiones les han significado y

    como cualquier ser humano, quieren ms.

    Aquellos seres de otro mundo, actan tambin entre las sombras

    creadas por la guerra. Sus verdaderas intenciones estn a punto de

    aparecer en escena.

    El mundo hierve con la amenaza silente de una nueva batalla. El

    mundo nuevamente, no lo sabe.

    Sin embargo, perder la esperanza sera insensato en estos

    momentos. Todo mal tiene su bien para hacerle frente y tengo mucha

    confianza en que ste, ser lo suficientemente capaz de proteger una

    nueva esperanza de vida.

    Si lo sabr yo.

    G.H.

  • 19

    El hombre caminaba por entre las ruinas del antiguo palacio real de Parac-do. Estatuas de gran tamao, frescos deslavados por el

    tiempo y grabados en las incompletas paredes del recinto, contaban

    con orgullo, la leyenda de sus hroes de antao.

    Pero no haba hombre o mujer representado ah. Eran bestias

    glorificadas con cuerpos monstruosos que ninguna persona haba

    visto en la historia de la humanidad. Nunca jams.

    El cielo de aquel mundo, que se vislumbraba por entre los restos

    de lo que alguna vez fue un techo, era carmes, y los soles que le

    adornaban brillaban con un tinto espectral. La tierra bajo los pies del

    solitario merodeador poda ser de cualquier color, pero un ojo

    humano jams lo descifrara. Cmo podra?

    El hombre sigui por un largo pasillo que lo condujo a unas

    escaleras, que lo condujeron a las entraas de la tierra misma, que lo

    conducan a su objetivo. El palacio no estaba hecho de roca, no. Era

    un material negro, parecido a lo que los humanos conocan como

    nix.

    En las oscuras profundidades (sirvindose de una antorcha para

    no tropezar) el hombre encontr por fin su objetivo: Una tumba, una

    de las ms famosas en aquel mundo. Era una cripta pesada, como no

    haba igual en el mundo de los humanos.

    Movi con una sola mano la ceremoniosa cripta, como si sta

    fuera de cartn. Asom su rostro adentro y rodeado por cenizas que

    alguna vez fueron un ser de aquellas tierras, estaba lo que haba ido a

    buscar: Un medalln. Pero no era cualquier medalln, no. Era el

  • 20

    instrumento que habra de reactivar las esperanzas de su legado. El

    medalln era de de color cobrizo. Tena el grabado de un animal

    similar al guila de la tierra de los humanos, slo que no lo era.

    Tom el objeto con ambas manos y sonri.

    El primer paso estaba dado.

    Haba gritos, risas y quejidos a su alrededor. Algunos festejaban

    a cada impacto, otros slo exclamaban frases de lstima o fingida

    preocupacin.

    Abri los ojos slo para ver el rostro de todos. Ah estaban:

    animales fcilmente impresionables, personas que haban hecho de

    este tipo de actividades, el momento cspide de su semana. Haba

    hombres y mujeres, jvenes y viejos. Algunos con una bebida

    embriagante en la mano, otros con las nuevas drogas que se vendan

    en la ciudad.

    Un golpe ms dio en su rostro. El enorme, gordo y calvo hombre

    que lo impactaba una y otra vez, tena la expresin llena de rabia y

    petulancia. Era definitivamente un contraste con la apariencia de

    David.

    David no tena para nada la altura de su agresor, pero tampoco

    poda avergonzarse. Era alto, s, pero slo por encima de la media,

    adems, estaba en muy buena forma fsica, casi sin proponrselo,

    slo haba sido as desde siempre. Tambin, a diferencia del hombre

    que tena enfrente, contaba con suficiente cabello como para

    considerarlo desaliado; no muy largo, pero s frondoso y alborotado,

    de un color castao claro. Para desgracia de todas las chicas que se

    encontraban en el lugar (las cuales sufran cada que lo golpeaban)

    era bastante bien parecido. Tena un rostro ligeramente redondo

  • 21

    pero compuesto de delgadas y delineadas facciones. Sus ojos eran de

    un color extraamente mbar, los cuales estaban contorneados por

    dos cejas bastante pobladas.

    El troglodita levant a David con ambos brazos y lo lanz hacia

    uno de los extremos de la jaula de acero inoxidable que los mantena

    dentro del improvisado cuadriltero de pelea. David cay

    pesadamente al suelo y la algaraba gobern el ambiente. El chico

    levant el rostro y busc por toda la barra de aquella maloliente

    cantina a sus amigos.

    El primero en aparecer fue Abel. Su amigo era delgado y

    espigado. Su cabello, rubio, rizado y largo, se agitaba consternado

    junto con el resto de su cabeza. Sin embargo, al ver el rostro de David,

    relaj su mirada y sonri de manera sarcstica. Despus de unos

    segundos, grit algo que se apagaba por el agobiante ruido, pero que

    David entendi como: deja ya de jugar.

    A la derecha de Abel, una hermosa joven se llevaba las manos al

    rostro, sacudiendo la cabeza y quejndose tambin de preocupacin.

    Su cabello negro y lacio, baaba el hermoso rostro de delicadas

    formas y piel morena que no pasaba desapercibido por los ebrios del

    lugar. Sus grandes ojos miraban con angustia a David, casi como si

    fuera la ltima vez que lo vera.

    David sonri y le gui un ojo a la joven Samanta. Se levant de

    un brinco e hizo unos movimientos de cuello, ms por irritar a su

    enorme adversario que por incomodidad alguna. El sorprendido

    Goliat no daba crdito a sus ojos. Un nio de veinte aos lo estaba

    dejando en ridculo. Su boca abierta, empez a elaborar espuma, a la

    vez que abandonaba la incredulidad para pasar a la ira. Se estaban

    burlando de l; eso no era aceptable.

    David se encontraba tan molesto como la mole frente a l. Y es

    que a cada minuto que pasaba, a cada golpe que reciba, la verdad era

  • 22

    ms evidente: no haba mucho que explicar, no era una persona

    normal. Cualquier otro estara casi muerto.

    Y sin embargo decidi darle a su contrincante, una oportunidad

    ms.

    Un viejo ebrio que haca ms escndalo que cualquiera en el

    lugar, tom un gastado banquillo de madera que estaba a un lado de

    la barra del antro aquel y se acerc tambalendose al escenario de

    pelea. Con un esfuerzo sobrehumano y tratando de no irse de

    espaldas, escal la reja para lanzar el banquillo al enorme hombre,

    quien rpidamente lo tom y encar a David.

    David ni siquiera alz la guardia, incluso puso literalmente la

    otra mejilla. Pronto el banco se haca astillas al impactar su rostro. El

    desaliado chico ni siquiera cay al suelo. Esta vez, la gente qued

    muda. No hubo una sola exclamacin; nadie respiraba en ese

    momento.

    David abri los ojos y suspir pesadamente. No tena caso seguir

    con aquello. Cerr el puo derecho. El hombre frente a l era no ms

    que una estatua. No se iba a mover; de cualquier manera no habra

    tenido mucho que hacer. El golpe impact secamente la nariz del

    sujeto. El gigantesco hombre cay como roble recin talado y no se

    movi ms.

    Para el momento en que todos en la cantina se daban cuenta de

    lo que haba sucedido, David ya haba abandonado el cuadriltero y

    se diriga hacia sus amigos, mientras, alrededor, la mayora de las

    personas (si as poda llamrseles a aquellos seres) ladraban como

    perros hambrientos y se quejaban de trampa. Algunos otros, escasos,

    celebraban como si se hubieran ganado la lotera, cosa que estaba

    muy cercana a la realidad.

  • 23

    Samanta abraz a David antes de que ste pudiera decir algo. Se

    quedaron unos momentos as. David levant la mirada y observ a

    Abel, quien haca una especie de disimulo sarcstico. Cuando el gesto

    entre ellos termin, Abel mismo les hizo una seal con la cabeza, la

    cual entendieron como un salgamos de aqu. Acto seguido, suban a

    unas escaleras que los conduca hacia una puerta de madera mal

    pintada.

    Dentro, un pequeo hombre vestido con un traje de segunda

    mano que trataba de hacerlo pasar por una persona elegante, estaba

    sentado detrs de un escritorio que combinaba perfectamente con el

    aspecto de todo el bar. Con aire de enfado mir a los recin llegados.

    Abel, que escudriaba el cuarto con pretendido inters, se acerc al

    hombrecillo.

    -Pues, gan Pguenos- solicit Abel, con una sonrisa de oreja a oreja.

    El sujeto no dijo nada y se limit a entregarles una tarjeta de

    color verde platino.

    Mientras los tres amigos caminaban por la calle, las lmparas

    que estaban colocadas en cada esquina de las aceras comenzaron a

    encenderse. A pesar de ser poco menos que una comunidad, aquella

    rea contaba con tubos de punta luminosos, lo cual le pareca una

    graciosa peculiaridad a David, ya que el resto del barrio se compona

    por callejones angostos y casas construidas an, con ladrillos y

    cemento (cosa que para esos tiempos, resultaba arcaica).

    Dichos tubos eran eso: varas colocadas de forma vertical sin

    ninguna clase de bombillo. En la punta de cada poste, una esfera

    flotante de luz azul iluminaba gran porcin de la cuadra. Cada que

  • 24

    uno de estos utensilios se encenda, la esfera apareca de la nada y

    con un alcance asombroso, pintaba de luz cada rincn.

    David iba en silencio, pretendiendo como casi todo el tiempo que

    escuchaba atentamente la pltica de sus dos amigos, que, como de

    costumbre, discutan como pericos enjaulados. Samanta hablaba

    airadamente sobre los temas de siempre. El maltrato a las tierras

    exteriores, la explotacin por parte de la compaa hacia la energa

    perpetua. A final de cuentas se estn robando algo que por

    nacimiento es nuestro alcanz a escuchar David de la chica.

    Abel, por su parte, remataba con los comentarios sarcsticos de

    su muy caracterstica (y a veces francamente irritante) personalidad.

    Tienes razn, Sam. De hecho cada noche siento como violan mi

    espacio personal cuando alguien enciende su televisor en el cuarto de

    al lado deca con un tono meramente irnico. Sin embargo, David

    saba que su amigo estaba completamente de acuerdo con Samanta.

    Claro que lo estaba.

    David agradeca el hecho de compartir su vida con ellos. Los tres

    vivan una peculiar situacin: no tenan a nadie ms en el mundo.

    David conoci a Abel cinco aos atrs en Oppidum Lux (la

    metrpoli ms importante y grande del planeta), una noche que sala

    de uno de sus trabajos temporales que tomaba slo para alimentarse

    unos das.

    Despus de terminar de colocar unas cajas, (limitndose y

    pretendiendo que slo poda cargar una a la vez, pues no resultaba

    agradable despertar suspicacias entre sus compaeros) se despidi

    de su jefe, (hombre de edad avanzada que tosa los estragos de una

    cruda) quien con un gruido respondi el gesto. David, sali de la

    enorme bodega llena de alimentos deshidratados y entr en un

  • 25

    cuarto que haca de vestidor. Ah, tom sus pocas pertenencias de un

    sucio casillero y se encamin a la salida trasera del local, la cual

    conduca a un callejn hmedo y oscuro.

    Cuando haba recorrido casi la mitad del tenebroso espacio,

    escuch algunas sirenas y unas voces que con gritos se alertaban

    unas a otras. David, extraado, levant la mirada y pudo observar

    cmo tres siluetas corran en direccin a l, escapando de algo o

    alguien. Ya que era poco probable que sufriera algn dao, no se

    alarm y se limit a hacerse a un lado para permitirles pasar y poder

    seguir con su camino. No estaba de nimos para entretenerse con un

    lo que no le incumba en lo ms mnimo.

    Cuando las siluetas tomaron forma, pudo observar a tres chicos

    que corran alarmados mientras volteaban insistentemente sobre sus

    hombros, seguramente vigilando a sus perseguidores. Dos de los

    tipos parecan adultos, mientras que el tercero y ms rezagado, era

    de la edad de David, quien pudo notar que el chico estaba herido y

    era el ms aterrorizado de los tres.

    Al momento de pasar a un lado de David, el ms joven cay

    pesadamente de bruces, los otros dos apenas si se dieron cuenta de

    esto y por supuesto, no se tomaron la molestia de volver por su

    compaero.

    -Oigan! ayuda!- grit el chico rubio que se encontraba en el suelo.

    David lo mir unos momentos y observ que su nuevo

    acompaante sangraba de manera alarmante.

    -No van a volver -exclam David despus de unos segundos,

    mientras consideraba la situacin. El chico mir a David, sobresaltado; al parecer ni siquiera se

    haba dado cuenta de su presencia. David decidi seguir su camino,

    no sin sentir bastante remordimiento.

  • 26

    -Espera, no te vayas! No me puedes dejar aqu- dijo el chico cado, en tono de splica

    -Yo no ayudo a delincuentes- respondi David, y sin embargo se detuvo dubitativo.

    -Por favor

    David vislumbr dos siluetas que cargaban varas luminosas

    (armas de contacto utilizadas por las autoridades), eran policas y a

    juzgar por la manera en que agitaban tales barras de Lumen, estaban

    dispuestos a usar la fuerza. Si iba a hacer algo, tena que actuar ya.

    David dio la media vuelta y se inclin para recoger al chico, a

    quien, sin ningn esfuerzo levant y recarg sobre su hombro, para

    despus, de un simple salto, desaparecer del callejn.

    Los policas, que estaban seguros de haber visto movimiento en

    aquel lugar, se detuvieron unos instantes. Vestan trajes de color

    verde, ajustados a todo su cuerpo. Llevaban gafas que identificaban

    movimiento, calor y proximidad del lumen de las personas. Despus

    de mirar a su alrededor unos momentos, uno de ellos presion una

    pantalla tctil que llevaba en el brazo izquierdo e inform que los

    haban perdido. Acto seguido, siguieron rpidamente su curso.

    David y el chico estaban en la azotea de uno de los edificios que

    formaban el callejn. El primero, esper unos momentos antes de

    decidir que los oficiales haban tomado la distancia lo

    suficientemente segura como para poder hablar sin que los

    escucharan, entonces se volvi para ver al otro chico. Por unos

    segundos olvid lo que acababa de suceder; pero claro, las personas

    normales no brincan diez metros de un salto.

    El joven rubio lo miraba con ojos de plato. Ni siquiera respiraba.

    Incluso algo de saliva corri por su barbilla. David, quien saba que

    estaba a punto de entrar en un interrogatorio sin fin y bastante

    incmodo, decidi lanzar la primera pregunta l mismo.

  • 27

    -Cmo te sientes? Necesitas un doctor? -interrog secamente, a sabiendas de que era poco probable que obtuviera una respuesta a sus cuestionamientos.

    -Qu demonios eres t? -pregunt balbuceando el anonadado desconocido, mientras secaba con su mano la saliva en su rostro.

    De regreso en el almacn, el viejo jefe de David cur las heridas

    de Abel. El hombre no hizo muchas preguntas, al parecer era algo

    comn para l. Sin duda la delincuencia en esa parte de la ciudad,

    relativamente comn.

    Mientras el anciano se despeda y ofreca las instalaciones para

    que pasaran la noche, David tomaba una taza de chocolate caliente y

    pretenda estar disfrutndola a sobremanera. Not por primera vez

    la apariencia de su nuevo amigo. Desaliado, s, pero definitivamente

    no era circunstancial. Pareca que vesta siguiendo los pasos de una

    extravagante moda. Su ropa estaba hecha de tela de aluminio (desde

    que el Lumen haba permitido trabajar de diferentes maneras cada

    material, los parmetros de la vestimenta y de otros muchos rubros,

    se haba salido de control). l, por su parte, siempre haba vestido

    telas normales y colores neutros; eran un par chistoso.

    Abel agradeci al viejo, pero ste ya no escuch el gesto, haba

    cruzado la puerta y salido del establecimiento.

    -As que, no sabes qu eres -pregunt Abel en un tono que no haba abandonado el asombro.

    -Yo dira ms bien, que no recuerdo quin soy -respondi David, haciendo un claro hincapi en la palabra quin. Era ya suficientemente difcil no entender qu suceda con l mismo, como para que un desconocido lo tratara cual fenmeno.

  • 28

    -Y Qu es lo ms que recuerdas? -continu Abel, quien haba logrado contener el nerviosismo de su voz. Esta vez, incluso, sonaba intrigado.

    -Pues, despert en un hospital. Nada antes de eso lo raro es -se detuvo David. No porque no quisiera seguir hablando, sino porque era resultaba bastante inquietante el slo recordarlo.

    -Qu es lo raro? -apremi ya sin inhibiciones Abel, claramente dominado por la curiosidad.

    -Es que el hospital, estaba solo. Vaco.

    David ya no dijo ms. Era la primera vez que contaba eso. Estaba,

    en esos momentos, ms en sus pensamientos que en aquella sucia

    bodega. Abel observ la expresin blanca en el rostro de su salvador

    y entendi muy bien que deba dar por cerrado ese tema.

    Cuando por fin David dej de lado la nostalgia, se dio cuenta de

    que haba pasado por alto un significativo asunto.

    -Y bien? Por qu te persegua la polica? -pregunt con un tono de severidad bastante definitiva. No le agradaba la idea de ayudar a un prfugo y menos si no entenda por qu haba sido necesario.

    -Bueno, es todo un mal entendido t sabes, yo estuve en el lugar equivocado, en el momento equivocado. S, todo es un, un

    -Mal entendido. -Eso, exactamente eso, yo -Mataste a alguien? -Dios, no! -Violaste acaso? -No! Cul es tu problema? Eso es asqueroso. -Robaste, entonces. -Bueno, lo intentamos -Y qu tiene eso de mal entendido?

    Abel tamborileaba ansioso sus dedos en la pequea mesa que

    tena a un lado de l. David, que observaba la incmoda situacin en

    la que haba metido a su compaero, sinti pena por el estado en que

  • 29

    se encontraba y no pudo contener una carcajada. Abel frunci el ceo

    sorprendido y obviamente ofendido; no pareca comprender el

    humor en aquello.

    -Me hayas chistoso? -pregunt Abel, con el tono ms severo que pudo presentar.

    -No, lo siento -respondi David mientras controlaba poco a poco su risa- es slo tu expresin.

    -Y qu tiene de malo mi expresin? -definitivamente el comentario no lo haba hecho sentirse mejor.

    -Simplemente me parece que no tienes mucha idea de cmo llegaste hasta aqu. Ahora s puedo creer que estabas en una situacin equivocada.

    Abel dio un resoplido con la nariz y desvi su mirada con aire

    ofendido. David entendi esto y guard compostura. Con toda la

    seriedad que pudo manejar, mir directamente a Abel.

    -Y qu estaban tratando de robar? -cuestion David -Es, era No tiene importancia -respondi Abel, al tiempo que

    su postura haba cambiado. Ya no estaba molesto, pareca preocupado.

    -Bueno, si t lo dices acept despus de unos momentos David, entendiendo que no era el momento-. En unos das me ir de Oppidum Lux. No acostumbro pasar mucho tiempo en un solo lugar. Si quieres puedes venir, no creo que sea buena idea que te quedes aqu.

    Abel levant la mirada confundido. Al principio trat de decir

    algo pero no lo logr. Finalmente asinti con la cabeza y esboz un

    humilde intento de sonrisa. David devolvi el gesto.

    -S, creo que lo mejor, por el momento, es que no me quede rondando cerca de la ciudad.

    -Bien, mientras tanto deberas descansar. Tu pierna lo necesita. -dijo David mientras se incorporaba y se dispona a salir de la habitacin.

  • 30

    -Tu jefe, no tiene miedo de que un delincuente duerma aqu? -pregunt Abel con un tono que intentaba denotar gratitud. David sonri a esto, apag la barra de lumen que iluminaba el cuarto y sali de ah, sintindose extraamente aliviado de no tener que seguir su errante camino, por s solo.

    Samanta miraba preocupada a David, como tratando de

    encontrar la ms mnima expresin de dolor en su rostro; ste puso

    los ojos en blanco. Mientras tanto, Abel sac una tarjeta de su

    pantaln que despus desliz varias veces (murmurando

    maldiciones) frente a una pequea pantalla que funcionaba como

    cerradura de la puerta del destartalado hotel donde estaban

    hospedados y que se mostraba reacia a cooperar.

    Despus de un par de docenas de intentos, la pantalla reconoci

    la tarjeta y la puerta se recorri automticamente, dejndolos pasar.

    Samanta y David entraron en la habitacin, mientras que Abel qued

    atrapado cuando la puerta se cerr sorpresivamente.

    David tom la tarjeta de las manos de su amigo y trat de abrirla

    desesperadamente, deslizndola una y otra vez por la cerradura

    ptica.

    -brela! -Eso intento! Vamos, pedazo de chatarra! -Voy a perder el brazo! -No seas exagerado!

    Samanta rea a carcajadas al momento en que David, de un jaln,

    abri la puerta y cay encima de Abel, quien de un pujido anunci

    que se haba quedado sin aire.

    Despus de un ao de pasar de colonia en colonia juntos, Abel y

    David se haban vuelto inseparables. Adems, combinando las

  • 31

    habilidades nicas de David y la pericia para hacer dinero de Abel,

    haban descubierto la forma de ganarse la vida: las peleas

    clandestinas.

    Fue ah donde conocieron a Samanta.

    Era una prctica comn que se realizaba a escondidas de las

    autoridades, pero tambin con el consentimiento de algunas, que

    claro, se adjudicaban su tajada y disfrutaban de un buen fin de

    semana de violencia sin sentido. Las peleas se llevaban a cabo en las

    colonias circundantes a Oppidum Lux, (nunca sucedan dentro de

    ella, pero s lo suficientemente cerca para que los ciudadanos con

    capital de la metrpoli, pudieran ir y apostar)

    Esa noche, un auditorio funcionaba como coliseo improvisado

    para dichas peleas. David se encontraba en uno de los tneles que

    daban al escenario. Se asom para poder ver al pblico. Jams haba

    visto tanta gente reunida. Gradas llenas de cientos de personas que

    gritaban y apoyaban. En los asientos baratos y ms alejados, haba

    pequeos y pintorescos robots flotantes que tomaban las apuestas.

    En cambio, las personas con lugares ms privilegiados, contaban con

    una especie de pantalla tctil, donde no slo apostaban su dinero,

    sino que adems podan ver las caractersticas de los peleadores, as

    como un clculo de Lumen, lo cual les daba una idea del dao que

    sufran los contendientes, al igual que la resistencia restante de cada

    luchador.

    Despus de unos minutos, Abel lleg a su lado, sonriendo y

    visiblemente emocionado.

    -Bien, vamos contra el Demoledor- anunci Abel con un gesto de felicidad.

    -El Demoledor exactamente qu tiene de emocionante que vaya a pelear contra un tipo apodado el Demoledor? -pregunt David mientras segua observando las gradas.

  • 32

    -Bueno, es que era contra l o contra el Asesino as que -Claro -Vamos, David. Si ganamos esta, tendremos suficiente capital

    como para vivir todo un ao.

    David se encontraba inmerso en aquella exagerada multitud y no

    dijo nada. Incluso ignoraba por completo la pelea que se llevaba a

    cabo. No representaba ningn inters para l.

    -Cmo es posible que haya tanta gente? Pens que estas cosas estaban prohibidas. -pregunt por fin David.

    -Viejo, si hay algo que debes saber sobre los que hacen las reglas, es que son quienes ms las rompen. Creme, les gusta tener las manos sucias.

    En ese momento un enorme holograma colocado en la parte ms

    elevada del recinto que haca de presentador, anunci con fuegos

    artificiales al ganador de la contienda.

    -Nos toca. Muy bien, recuerda que las personas no estn acostumbradas a ver un hombre invencible. As que, de vez en cuando, haz como que te duele entendido? Incluso, dales la idea de que ests a punto de perder y BUM! -dijo Abel, a la vez que representaba sus palabras con acciones

    -Bum? -S, BUM. T sabes, un golpe, o lo que sea que hagas. -Ah, s claro.

    Gritos de algaraba y emocin recibieron al Demoledor, quien

    pas al lado de David sin si quiera mirarlo. Segundos despus, el

    holograma hara lo suyo presentndolo con un grito atronador.

    -El terror del cuadriltero, el Apocalipsis en persona, la mano derecha de Lucifer, el nico y jams equiparable

    -Vaya que tiene apodos -dijo David al tiempo que asomaba la cabeza para ver la presentacin.

    -EL DEMOLEDOR! -termin el presentador

  • 33

    - Y su retador, nuevo en competencias, su debut y seguramente su despedida, reciban a ACERO!

    -Acero?- pregunt David frunciendo el ceo. -No tuve mucho tiempo de pensar en eso s? Ahora sal y

    haznos ricos -orden Abel, ignorando el descontento de su amigo.

    David sali del Tnel y camin rumbo al escenario. Todo mundo

    en las gradas abucheaba y gritaba maldiciones. Obviamente nadie

    haba apostado por l. Abel caminaba a su lado y sonriendo, le dio

    dos pulgares arriba. David puso los ojos en blanco y subi al

    cuadriltero.

    Su contrincante ya estaba ah, haciendo seas de prepotencia y

    saludando al pblico con exageradas flexiones de bceps. Era un tipo

    enorme, de dos metros y con una musculatura grotesca. Llevaba una

    mscara de color plateado y unos pantalones que combinaban Tiene

    que estar bromeando pens David. Y sin embargo, a su lado, el chico

    era un completo alfeique. Eso no le ayudara mucho al guerrero

    plateado de cualquier manera.

    A unos metros de la pelea a empezar, un sujeto elegantemente

    vestido analizaba a los contendientes. Su cabello estaba pintado por

    algunas canas y fumaba un enorme puro de espantoso aroma. A su

    lado, una hermosa joven le serva una copa de brandy. Era Samanta,

    quien pareca increblemente miserable de estar ah.

    -T qu crees, hermosa? El pequeo parece especial -cuestion el acaudalado hombre, sin observar siquiera a la chica.

    -No lo s, seor -dijo framente Samanta y observ unos segundos en direccin al cuadriltero. El hombre la mir de reojo y le hizo una sea con la mano para que se retirara, ella asinti levemente con la cabeza y se alej.

  • 34

    David mir a los ojos de su contrincante, accin que le oblig a

    subir la mirada varios centmetros. El rferi, un hombre de edad

    media tambin hologrfico, balbuceaba unas reglas y al final les pidi

    que se dieran la mano. David estir el brazo y su contendiente lo

    sujet. Antes de que el primero se pudiera dar cuenta de nada, ya se

    encontraba siendo lanzado por los aires e impactndose en una

    esquina. Cuando se levant, pudo ver cmo el enmascarado se diriga

    a l, envistindolo frico con el hombro. David no hizo ni una mueca.

    El pblico se volva loco a cada golpe que David reciba. El

    enorme luchador lo tom por los hombros y lo proyect de una

    esquina a otra. David cay sobre su estmago; estaba abrumado y los

    golpes no tenan nada que ver con ello. Era la multitud, los vtores,

    todo a su alrededor.

    De pronto, una silueta apareci frente a l. Era Abel, quien

    rpidamente haba corrido alrededor del cuadriltero para hablarle.

    -Cmo ests? -pregunt Abel agitadamente -Bien -contest David -No deberas. -Disculpa? -Haz como que te duele recuerdas? -Ah, s. Claroooo

    Esto ltimo lo dijo mientras era cargado por el enmascarado

    fortachn y era vctima de una aparatosa llave de lucha. Despus de

    varios minutos de una aparente masacre y una muy limitada

    actuacin de sufrimiento por parte de David, Abel se dirigi a l con

    gritos que eran disimulados por la algaraba reinante.

    -Ya, acbalo! -grit Abel -Bien -afirm David mientras que el enorme hombre se

    acercaba a donde yaca. -Pero pgale suavemente!- dijo Abel -Suavemente? pregunt David

  • 35

    -Suavemente? pregunt el luchador plateado, confundido -S! suavemente!

    David levant el puo y calcul mentalmente el impacto que

    estaba a punto de realizar. Su frente se arrug mientras agitaba la

    mano tratando de preparar un golpe suave Cmo demonios se da

    un golpe suave? se cuestion.

    Pero ya no tuvo tiempo de ms. El Demoledor estaba a unos

    centmetros de l e instintivamente David solt un puetazo lo ms

    medido posible. El luchador enmascarado estaba terminado.

    Segundos despus y tras haber recorrido todo el cuadriltero de lado

    a lado debido al golpe, yaca inconsciente en el piso. La gente pronto

    abucheaba y la proyeccin anunciaba sorpresivamente, la victoria de

    David.

    -Hay que salir de aqu, Acero -sugiri Abel dando un salto y subiendo al escenario.

    Ya en los vestidores, que no eran sino un cuarto de loza blanca

    cubierta por algunos casilleros oxidados y destartalados, Abel

    tomaba agua desesperadamente, como si fuera l quien acababa de

    pelear hace unos momentos. Fue entonces cuando David not que su

    amigo llevaba ropa deportiva excntricamente decorada y

    marcadamente brillante por el aluminio. No pudo evitar rer.

    Abel se paseaba de un lado a otro de la habitacin, mientras,

    tranquilamente, acomodado en una banca hecha de un plstico

    transparente y resistente, David lo vea andar.

    -Te dije suavemente se quej por fin Abel, sin dejar de moverse como pelota de ping pong.

    -Fue lo ms suave que pude. -Casi le arrancas la cabeza. -Lo cual no habra sido tan malo. Viste lo que llevaba en ella?

    Abel estaba a punto de responder, cuando alguien irrumpi en la

    habitacin. Era el hombre de buen vestir y de obvia ostentosidad que

  • 36

    haba estado en las gradas viendo la pelea, sin embargo, para los dos

    amigos, era alguien de identidad desconocida. El tipo estaba

    escoltado por dos sujetos de imponente estatura y que tenan rostros

    que parecan labrados en piedra; ambos vestan de manera elegante,

    pero definitivamente ms discretamente que su protegido.

    La joven Samanta entr al final, con pasos tmidos y sin levantar

    la mirada. Llevaba un vestido rojo de una sola pieza que le cubra

    hasta por debajo de las rodillas y unos guantes transparentes de

    aspecto chistoso. David pudo notar el nerviosismo en su cara, adems

    de un par de moretones.

    El aparente magnate, daba bocanadas grandes a su tabaco. Una

    sonrisa apareci en sus labios y se acerc a unos pasos de David y

    Abel. David se puso de pie y cubri a su amigo.

    -Felicidades por esa -congratul el pomposo sujeto con un tono irnico- impresionante demostracin.

    -Gracias. Usted es? -respondi framente David. -Claro, pero no me he presentado, qu rudeza de mi parte. Mi

    nombre es Zacaras Bert. Soy dueo de algunos negocios en la metrpoli, un amante del dinero si as lo quieren -bram con petulancia el hombre. Los dos amigos no respondieron a esto y slo lo miraron con seriedad. El tipo continu-. Desafortunadamente, tu pasada pelea me cost, bueno, bastante del dinero que tanto adoro.

    -Lamento or eso -se disculp David con tono prudente- pero creo que un hombre de negocios como usted, comprende los riesgos de apostar.

    -S, en efecto, pero vers, yo soy alguien que no deja nada a la suerte, que siempre va a lo seguro. Y para desgracia ma y ahora, claro, suya, t no eras esa opcin segura.

    David senta cmo Abel se pona cada vez ms ansioso a sus

    espaldas. Era una clara seal de que algo no iba bien. Si alguien

    conoca a este tipo de personas, era su amigo, que estaba a punto de

    hiperventilacin en esos momentos. David pudo notar tambin que la

  • 37

    chica acompaante de aqul macabro tro, se morda el labio y estaba

    casi temblando.

    -Pues bien, me he visto en la necesidad y claro, la curiosidad, de venir a conocerlos. Adems, he venido a cobrarles -explic Zacaras para despus aspirar ms de su tabaco. David mir sobre su hombro. Esto no iba a terminar bien, saba que era poco el riesgo que l corra, pero no estaba seguro de poder proteger por completo a Abel e incluso a aquella pobre chica. Tena que ser cauteloso-. Claro que, es una suma bastante considerable; mustrales nia.

    Samanta extendi las manos y de sus guantes incoloros se

    proyect una imagen grfica de los gastos. En la parte central de

    dicha proyeccin, un conteo de nmeros ascendentes apareci, el

    cual se detuvo al marcar la cifra de diez mil quinientos crditos.

    Samanta movi uno de sus dedos ndices y la cifra se desglos en

    varios costos.

    -Vern, la cifra de arriba es lo que me deben por la apuesta, los nmeros al fondo representan el costo de mi luchador. As es, Demoledor trabaja para m, lo que por supuesto me lleva al siguiente punto -dijo Zacaras con una sonrisa bravucona, al tiempo que le haca una seal a Samanta, quien baj sus manos y la proyeccin desapareci- Yo soy, a final de cuentas, una persona compasiva y con intereses nobles. Podra desaparecer esa, excesiva deuda claro, pero todo en nombre de un trato que nos convenga a ambos.

    -Quiere que pelee para usted -adivin David, sin un pice de emocin en su voz.

    -Vaya, no slo eres fuerte, tambin bastante listo. Puedes tener lo quieras. Te pagar bien, siempre y cuando sigas ganando.

    David mir a la chica. Al ver las marcas en su rostro, se dio

    cuenta de lo que significaba trabajar para aquel sujeto. Por primera

    vez, Samanta levant la mirada y lo observ a los ojos unos

    momentos, para despus, avergonzada, regresar a su postura

    anterior. Zacaras, por supuesto, not esa pequea escena. Empuj a

  • 38

    la chica en direccin de David, quien, sorprendido, apenas pudo

    sujetar a la joven.

    -La quieres a ella? Qudatela. Puedes tener a quien quieras si eliges correctamente. Y bien qu me dices? -pregunt emocionado, Zacaras.

    -No me interesa trabajar para usted, lo lamento mucho, tampoco tenemos el dinero para pagarle. Abel solt un pequeo gemido al escuchar tales palabras, sin embargo, David continu-. Creo que su problema de capital no es nuestro problema -determin el muchacho, al mismo tiempo que trataba de encontrar la manera ms rpida de salir de ah; realmente el panorama no era esperanzador.

    -Ya veo -escupi Zacaras y furioso, lanz su puro al suelo, apagndolo con la punta de sus muy caras botas-. Es una lstima. Mtenlos.

    Los dos escoltas de Zacaras, sacaron del interior de sus

    elegantes trajes, dos armas de color azul nen y apuntaron

    directamente a Abel y David. David empuj a su amigo y a la chica

    con los antebrazos y ambos salieron despedidos a los lados. Los

    guardaespaldas tardaron un poco en comprender esto y David

    aprovech para embestirlos con el hombro. Los tipos perdieron el

    balance y cayeron sobre sus espaldas, llevndose a Zacaras con ellos.

    ste ltimo grit furioso y tom una de las armas de sus compinches,

    disparando a diestra y siniestra en direccin de David, quien se tir al

    suelo y sujet una de las patas de aquella banca transparente, para

    acto seguido, lanzarla a la montaa humana que estaba frente a l. El

    mueble golpeo directamente en la cabeza del acaudalado hombre y

    ya no se movi ms

    Uno de los enormes guardaespaldas trat de levantarse pero fue

    detenido por Abel que, con una sonrisa burlesca, le apuntaba en el

    rostro.

  • 39

    -Quieto amigo. Se siente tan bien decir eso. Pens que sonara ms ridculo, pero deb ser un hroe de accin a algo as en mi otra vida- dijo un emocionado Abel, que pareca ya haber olvidado su miedo.

    -Salgamos de aqu, hroe -orden David, mientras golpeaba al guardaespaldas en el rostro, dejndolo sin consciencia.

    Ambos amigos brincaron los cuerpos inmviles de sus agresores

    y salieron rpidamente de la habitacin. Despus de unos segundos,

    David volvi a entrar y mir a Samanta.

    -Te quedas? -pregunt un sonriente David

    Samanta se qued esttica unos momentos, pero despus de

    mirar el cuerpo inerte de su patrn, se puso de pie y sigui a David.

    Abel corra por un pasillo oscuro del aquel recinto, pronto se vio

    alcanzado por David y Samanta.

    -Dnde estabas? -pregunt agitado Abel. -Pues

    Abel se dio cuenta entonces de la presencia de la chica.

    -David, creo que nos sigui. Oye t, sabes que nos ests siguiendo?

    -Cllate, Abel -imper David- Te encuentras bien? -le pregunt a su nueva compaera.

    -S. -Cmo te llamas? -Samanta. -Samanta, qu hacas con esos sujetos? -Necesitaba comer -contest tmidamente Samanta -Como todos. Por cierto, hablando de eso, el miedo me da

    hambre -se quej Abel -El miedo y otras tantas cosas- ri David

    Samanta no pudo ms que sonrer, y por primera vez en mucho

    tiempo lo haca con honestidad.

  • 40

    David miraba fijamente el cielo. Estaba en el balcn de su

    modesta habitacin. Aspir fuertemente el aire fro del desierto en el

    que se encontraba el hotelucho aquel y admir el paisaje a su

    alrededor. Arena, piedras y alguno que otro cactus, componan la

    regin. Un tmido coyote sali de su guarida y rpidamente

    desapareci detrs de una enorme roca. La guerra haba

    desestabilizado los ecosistemas en casi todo el mundo. Muchos seres

    vivos haban tenido que adaptarse a las nuevas condiciones que los

    ataques con Lumen haban dejado a su paso. Entre ellos, los

    humanos. David calcul que se encontraban en una colonia que

    cubra una parte de lo que antes era Alemania. Dio la media vuelta y

    entr a su habitacin.

    Samanta dorma en la cama que se encontraba al fondo del

    cuarto. Su cabello caa graciosamente sobre su rostro, el cual se

    mova al ritmo de la placida respiracin de la chica. Abel, por su

    parte, dorma en el sof a mitad de la habitacin. Haba empaques

    plateados de comida y restos de papas fritas por doquier. Una de sus

    piernas sala del mueble y sus brazos cubran la frente del desaliado

    rubio. Roncaba tan escandalosamente como hablaba.

    David los mir unos momentos y sonri. Cerr la puerta del

    balcn y se dirigi a su propia cama. Esos das eran los ms felices de

    su extraa vida. Por lo menos de lo que recordaba de ella.

    Fuera del hotel, una mujer cubierta de pies a cabeza por una

    manta caf, observaba el balcn que hace unos momentos estaba

    ocupado por David. De pronto, una especie de energa negra

    acompa a un recin creado agujero en el aire. De l, sali un

    hombre alto, de piel oscura y ojos penetrantes del mismo tono. Vesta

    con una manta similar a la de la mujer.

  • 41

    -Por fin Ava, por fin -exclam con una gruesa voz el recin llegado.

    La mujer se descubri la cabeza. Un cabello rojizo se sacudi

    sobre su bello rostro debido el aire glido de la regin. Como

    respuesta a su compaero, slo esboz una amplia sonrisa.

  • 42

    David abri los ojos. Su cabeza lo estaba matando y en su pecho haba una opresin que le impeda respirar. Se incorpor

    dando tientas alrededor ya que sus ojos tardaron en acostumbrarse a

    la luz. No saba cunto tiempo haba pasado dormido.

    Fue entonces cuando lo not: no recordaba nada, y no solamente

    cmo haba llegado ah. Realmente su cabeza estaba vaca. Mir a

    todos lados, desesperado. Se encontraba en una habitacin al parecer

    de hospital. Vesta solamente una bata y tena conectados a su pecho

    y cabeza, varios sensores. Una pantalla proyectada en la pared junto

    a su cama, mostraba los signos vitales de su cuerpo, los cuales

    parecan estarse saliendo de control rpidamente junto a su

    respiracin. En una tableta, al costado, apareca simplemente el

    nombre David; su nombre quiz? No, no tena idea de quin era, o

    por qu estaba, al parecer, internado.

    Trat de pedir ayuda, pero de su garganta no sali una sola

    palabra. Desesperado, dej la cama y cay de bruces. Casi al borde de

    las lgrimas, intent mover sus extremidades, las cuales respondan

    lentamente o casi nada. Cuando por fin pudo ponerse de pie, camin

    como si lo estuviera aprendiendo a hacer. Con paso lento, se dirigi a

    la puerta de la habitacin, la cual se desliz a un lado dejndolo

    pasar.

    Una y otra vez, intent gritar algo, lo que fuera, obteniendo el

    mismo frustrante resultado siempre: nada.

  • 43

    Al salir de la habitacin, se encontr con un pasillo largo y

    blanco, con puertas similares a la de su habitacin y, frente a ellas,

    una hilera de ventanas que daban a un oscuro exterior. Haba

    camillas flotantes que, por sus posiciones, parecan abandonadas

    haca apenas unos segundos. Batas iguales a la que vesta el chico,

    estaban regadas por todo el suelo.

    No poda controlar su respiracin; estaba en pnico. Trataba de

    recordar algo, lo que fuera, pero su mente permaneca en blanco. El

    dolor en su cabeza se agudiz. Quiz demasiado.

    Y de pronto ya no pudo ms: cay sobre sus rodillas y se apret

    el pecho, ansioso. Solt un grito casi silente y los cristales de las

    ventanas reventaron al unsono.

    David despert con un grito ahogado. Mir a su alrededor y

    tard unos segundos en recordar dnde estaba. El cuarto del hotel ya

    se encontraba iluminado por los rayos del sol que entraban

    tmidamente por el balcn. Aparte de eso, todo segua como lo haba

    dejado hace unas horas. Los ronquidos de Abel lo tranquilizaron,

    simplemente por ser un sonido familiar.

    Esos sueos se haban presentado desde aquel da, el primero

    del que tena memoria. Pero haca ya meses que no sucedan. Lleg

    incluso a pensar que lo haba superado. Una sensacin de

    desesperacin le invadi al comprobar lo contrario. Ese da en el

    hospital era el primero en su memoria, antes de eso, no tena nada. Le

    tom poco de tiempo entender que su fuerza y resistencia eran

    sobrenaturales, comparadas con el del resto de las personas. No slo

    no recordaba quin era, sino que lo nico que saba con seguridad, es

    que era un fenmeno. Cmo es que haba llegado a ese lugar y qu

  • 44

    haba sucedido con l para transformarlo de esa manera mientras

    dorma? Eran preguntas que le torturaban a menudo.

    -Televisor -orden en voz alta. Una pantalla apareci en el muro frente al sof donde dorma Abel, quien despert de un salto.

    -Yo no lo tengo! -grit Abel sorprendido y aun sumergido parcialmente en sus sueos. David se sent a su lado, riendo entre dientes.

    -As que, inocente hasta que se pruebe lo contrario -pregunt David con una sonrisa.

    -Te maldigo a ti y a los que tengan la desgracia de llevar tu apellido- dijo Abel adormecido e irritado, despus, un poco avergonzado, rectific-. Erh, lo siento. Ya descubriremos cul es.

    En la televisin, un hombre anunciaba las noticias del da

    anterior. A David siempre le haba parecido graciosa la manera en

    que daban los reportajes. La silueta de un hombre apareca

    desvanecida sobre las imgenes de los acontecimientos, mientras que

    el espectro relataba los hechos como si los estuviera vendiendo.

    Y desafortunadamente, tuvimos que despedirnos del ltimo tigre de

    bengala en el planeta. En otras noticias, Joel Nichols anunci la

    creacin de una nueva planta de apoyo para la distribucin de la

    energa en algunas de las aldeas exteriores por parte de su empresa

    Focus Lumen. Esto a pesar de la negativa de los pobladores a

    utilizar el Lumen de esa manera. Joel Nichols afirm que

    -Y tienen toda la razn -apoy Samanta, la cual se levant al escuchar la noticia y miraba atentamente el televisor. David y Abel dieron un salto, sorprendidos por la presencia repentina de su amiga.

    -Ahora ves que no tiene gracia? -le recrimin Abel a David; ste neg rpidamente en respuesta.

  • 45

    -Lo siento, no quise asustarlos. Quin es ella? -pregunt Samanta, apuntando a una hermosa joven que se encontraba sentada al lado de Joel Nichols en la conferencia de prensa.

    -Es la hija del tal Joel, su nombre es Tessa. -contest rpidamente Abel. David y Samanta se miraron divertidos.

    -Un fan? -pregunt David -Y quin no? La has visto en traje de bao? De cualquier

    manera, tambin he escuchado que es una atleta, de las mejores del mundo. Probablemente la nica persona que podra patearte el trasero y es una chica -dijo Abel, levantndose y dirigindose al bao, desde donde continu-. Es hermosa, rica y puede defenderme de ti; es la chica perfecta. Tomar un bao y despus buscaremos algo de desayunar, muero de hambre.

    David neg con la cabeza levemente en seal de exasperacin y

    continu viendo las noticias. La hermosa chica de la T.V. daba

    tambin anuncios corporativos, mientras elegantemente sonrea a

    todas las preguntas que le lanzaban, por ms odiosas que fueran. Era

    buena en ello, al parecer heredera a futuro de la compaa y

    fieramente entrenada en el pretencioso arte de las relaciones

    pblicas.

    -Ejem -exclam Samanta; nunca haba sido buena con las sutilezas.

    -S, Sam? -Tuviste otro sueo de esos verdad? -inquiri Samanta,

    posando sus grandes ojos con ternura y seriedad en David, el cual, agradeca el gesto, sin embargo, no se senta con nimos de hablar de ello en esos momentos, o cualquier otro momento en todo caso.

    -Qu nunca duermes? -David -Lo digo en serio, cada noche que pasa, t lo escuchas. -Bueno es un poco difcil dormir cuando gritas de esa manera.

    Tendras que ser sordo, o ser Abel. -Estoy bien -contest David un poco fastidiado

  • 46

    -Puedes contarnos. Quiz nos de alguna pista de -Dije que estoy bien, Sam!- exclam casi en grito David.

    Samanta baj la mirada y no dijo nada ms, desde el bao un

    golpe se escuch; claramente Abel se haba dado cuenta de todo.

    -Yo tambin estoy bien -grit Abel

    Siempre pasaba lo mismo, y cada vez, David se senta terrible al

    respecto. No slo por tratar mal a Samanta, sino porque realmente no

    era algo que fuera de su agrado recordar. Por lo menos no hasta que

    tuviera ms informacin sobre l mismo.

    Samanta asinti dbilmente y desvi su mirada al televisor.

    -Sam, lo siento, yo -Lo s -respondi Samanta con una sonrisa en el rostro. La

    sonrisa ms honesta y pura que David haba conocido jams, esa que siempre lo haca sentir mejor-. Nos lo dirs cuando ests listo. Mientras tanto, slo tenemos que seguir buscando no? -afirm la chica, con franca alegra, como si no acabaran de gritarle en lo absoluto. David asinti y devolvi la sonrisa. Saba que para nada haba logrado el mismo efecto con la suya, pero era lo ms que poda hacer.

    Lo mejor que haban encontrado era un pequeo restaurante

    dos calles abajo y con un enorme anuncio publicitario justo en el

    techo del establecimiento, que emita con sonidos e imgenes, la

    campaa de una mejor vida en Oppidum Lux, la ms grande

    metrpoli del mundo, capital del planeta.

    El establecimiento era singular. Con mesas que mostraban

    anuncios luminosos de todo tipo, los cuales, cambiaban cada diez

    segundos. Al entrar, una mesera de mediana edad les dio

    alegremente los buenos das y los condujo a una de las mesas cerca

    de las grandes ventanas que rodeaban el local. Aparte de ella y un

  • 47

    gordo cocinero que se asomaba desde una ventanilla de entrega, el

    lugar pareca estar solo.

    Cuando se sentaron, tres mens hologrficos aparecieron frente

    a los chicos y comenzaron a tararearles los especiales del da con una

    voz caricaturesca, sin embargo, el men de Abel pareca tener

    problemas y parpadeaba, impidindole leer o escuchar algo.

    -Parece que la tecnologa tiene un problema contigo -apunt David mientras lea los platillos

    -Eso parece, Qu demonios es una mbursa?! -exclam Abel irritado.

    -Creo yo, que una hamburguesa, o quiz una morsa -ironiz Samanta. Abel le sonri sarcsticamente.

    -Eso es todo, no quiero vivir en un mundo donde esta mujer haga bromas -dijo Abel al momento en que entrecerraba los ojos para tratar de entender algo de su defectuoso men.

    David levant la mirada cuando tres sujetos entraban al

    restaurante. La amable mesera los salud de la misma alegre manera,

    detalle que al parecer, haban decidido ignorar. Se sentaron en el

    extremo contrario a David y los dems. Slo se quedaron ah, sin

    mirarse entre ellos o decir palabra alguna. Iban vestidos

    idnticamente: pantalones negros abombados con bastantes cierres y

    bolsas; botas militares, adems de chalecos que parecan demasiado

    gruesos para el calor que se senta en la regin.

    -Y, a dnde vamos ahora? -pregunt Abel quin haba decidido darle la victoria a su men hologrfico.

    -Hmm? -exclam David, volviendo la atencin a su propia mesa.

    -Bueno, ya terminamos esta regin de colonias, creo que es momento de pensar en buscar por otros lados -continu Abel, mientras le daba un golpe a la mesa, ocasionando que su lista de alimentos desapareciera de una vez.

  • 48

    -Pues, quiz debamos ir al sur, no hemos visitado esa zona -contest rpidamente David

    -S, lo hemos hecho. David, pronto se nos van acabar las opciones y no habr ms que aceptarlo -dijo tmidamente Samanta.

    -No vamos a ir a Oppidum Lux, Sam -determin David -Pero -Sam, David tiene razn, no sabemos si -interrumpi Abel. -Yo creo que podemos encontrar ms pistas, sobre ti, sobre tu

    pasad -exclam Samanta -Pues no vamos a correr ese riesgo -dijo en tono definitivo

    David. Samanta se qued pensativa unos segundos, buscando la mejor manera de contraatacar, pero decidi que sera en otra ocasin cuando lo volvera a intentar.

    Los chicos haban pasado el ltimo ao yendo de colonia en

    colonia, buscando furtivamente alguna pista del pasado de David.

    Haban visitado registros y fotos de desaparecidos. Toda leve pista

    que pudieran encontrar en el camino, la seguan con mpetu. Pero

    pronto fue ms que claro lo intil que aquello resultaba.

    De cualquier manera, esa bsqueda les haba dado un propsito

    ms all de simplemente sobrevivir y David agradeca con todo el

    corazn, el esfuerzo que sus amigos ponan a todo eso. No permitira,

    sin embargo, que Abel o Samanta pusieran en la lnea su propia

    seguridad.

    La atenta mesera se acerc con una tablilla de color azul

    metlico y con su caracterstico tono amable, pregunt a los tres

    amigos qu plato les serviran.

    -Quiero una mbursa -orden en tono serio Abel; la mesera lo mir confundido.

    -Ignrelo, triganos tres hamburguesas y jugo de naranja -pidi Samanta, a lo que la mesera asinti alegremente y marc las rdenes en la tablilla que cargaba.

    -Odio el jugo de naranja -exclam Abel.

  • 49

    -Lo s -dijo Samanta y se volvi a David Al sur? -Al sur -contest David, sonriente y feliz de que la idea del viaje

    a la metrpoli se suspendiera de nuevo.

    Una hermosa mujer de cabello rojo y que no aparentaba ms de

    veinticinco aos, entr al establecimiento. Alta, de piel

    extraordinariamente clara y de ojos penetrantes, los cuales clav

    fijamente en David, para, despus, lanzarle una sonrisa. Vesta de

    manera provocativa, con una falda corta y una blusa no muy discreta.

    David no devolvi el gesto, no pudo, de pronto comenz a

    sentirse mal, como si todo el lugar hubiera comenzado a dar vueltas.

    La chica se sent en la mesa contigua a los tres extraos sujetos.

    David senta cmo si la cabeza le fuera a reventar y un sudor fro

    recorri su espalda. Se disculp con sus amigos y se dirigi al bao.

    Samanta y Abel lo miraron, preocupados.

    David entr al bao; era bastante grande para el pequeo

    establecimiento. Se recarg frente al lavadero, sobre el cual haba un

    espejo de mediano tamao. Examin su rostro cubierto de lneas de

    sudor y poros totalmente abiertos. Senta palpitaciones y el oxgeno

    no pareca ser suficiente; luchaba por mantener la conciencia. Jams

    se haba enfermado en su vida, por lo menos en lo que recordaba de

    ella. Nunca le haba dado ni siquiera un catarro. El dolor fsico era

    algo que desconoca, por lo cual, esto lo alarmaba de sobremanera.

    Un sonido le hizo darse la media vuelta. Alguien haba entrado al

    bao y cerraba la puerta tras de s. Era la atractiva chica que haba

    llegado al restaurante minutos atrs, la cual continuaba con su

    extraa insistencia de mirarlo ansiosa y alegre, como si verlo fuera lo

    mejor que le haba pasado en la vida.

  • 50

    La chica se acerc a un confundido David, quien no poda

    articular palabra; el dolor estaba limitando hasta las ms bsicas de

    sus reacciones.

    -Eres t -dijo de manera radiante la pelirroja, con una sonrisa que era excesivamente intrigante.

    -Quin soy yo?... Quin eres t? -pregunt entrecortadamente David.

    -No hay mucho tiempo para las explicaciones. Ser mejor que nos apresuremos. Hay personas que te quieren muerto -aclar apresuradamente la recin llegada-. Mi nombre es Ava, y estoy aqu para ayudarte.

    -Disculpa? -exclam David, olvidando unos segundos su malestar.

    -Ven con nosotros, te contar todo en el camino -prometi Ava a un sorprendido David.

    David no daba crdito a todo lo que estaba sucediendo. Por un

    lado pareca que su cuerpo estaba a punto de desbaratarse y por otro,

    una desconocida le haba anunciado que alguien lo quera muerto.

    Pero por qu a l? No era nadie, nadie lo conoca. O eso crea. De

    qu carajos iba todo aquello?

    -Creo que me confundes con alguien ms -exclam David, casi sin poder mantenerse en pie.

    -S que eres t, porque parece que ests a punto de vomitar las entraas afirm la chica, con cierto tono de humor.

    -Con riesgo de sonar repetitivo Disculpa? -pregunt David con los ojos desorbitados.

    -Se debe a tu energa -continu la pelirroja haciendo uso de su encantadora sonrisa-. Tu dolor actual, me refiero. Ahora, podemos quedarnos aqu, platicarlo y dejar que te asesinen, o puedes venir conmigo y aclararlo despus.

    -Y vivir? -Es ms probable. -Mis amigos.

  • 51

    -Lo siento, no pueden venir. -Entonces yo no voy. -Quieres morir? -Creo que esto es slo una muy mala broma.

    Sin embargo, algo le deca que la mujer hablaba muy en serio,

    por ejemplo, el dolor que haca sentir a su estmago como una

    bomba de tiempo. La chica endureci sus facciones. Obviamente una

    negativa no entraba en sus planes.

    -Bueno, desafortunadamente debo llevarte, as que si no es por las buenas -determin la chica. De repente, uno de los hombres uniformados irrumpi en el bao, abriendo la puerta de una patada-. Llvatelo -orden la hermosa joven. A lo que el tipo rpidamente reaccion apuntndole a David con una enorme arma de Lumen. David sonri.

    -Lamento decirles que -Y yo lamento interrumpirte, cario. Dime una cosa, tus

    amigos son igual de indestructibles? -pregunt Ava mientras sala del bao. David, despus de superar la sorpresa que le causaba el hecho de que alguien adems de sus amigos, supiera de su condicin, se apresur a seguirla, vigilado de cerca por el hombre armado.

    Los otros dos hombres apuntaban a Samanta y Abel, los cuales,

    aterrados y confundidos miraron a David cuando ste entraba al

    comedor. La mesera y el cocinero, yacan inconscientes en el piso.

    -David! -grit Abel. Uno de los hombres lo golpe con el extremo de su arma en la nariz, obligndolo a caer de rodillas. Samanta se inclin rpidamente para ayudarlo.

    David tuvo suficiente, no iba a permitir que lastimaran a las

    nicas personas importantes en su vida. Sujet rpidamente el arma

    del tipo que le apuntaba y le propin un puetazo que hizo que el

    hombre saliera disparado. Rpidamente se abalanz sobre los dos

    que amenazaban a sus amigos, pero antes de que pudiera llegar, Ava

    lo sujet del cuello. David luch, pero no pudo soltarse. Aquella chica

  • 52

    era ms fuerte que l! Ava esboz una sonrisa que expresaba lstima,

    y lo proyect sobre una de las mesas.

    Haba sentido el golpe, lo que era ms increble, le haba causado

    dolor; eso tambin resultaba ser una novedad. David no se poda

    incorporar; aunado al impacto, los otros malestares parecan

    incrementarse. Ava lo sujet de la camisa y lo levant sin ninguna

    dificultad. David ya no tena nada con qu defenderse.

    El chico not que la desconocida sostena una especie de

    medalln color cobre con su mano libre. El objeto tena una

    apariencia muy desgastada y un tallado al que le crey encontrar

    forma de guila. Se dio cuenta de que cuando ese artilugio se

    acercaba a l, el dolor incrementaba.

    -Nos vamos! Mntelos! -grit la chica a sus subordinados, los cuales se preparaban a obedecer, subiendo las armas, sin apartar la mire de Samanta y Abel, quienes estaban locos de confusin.

    Ava se dirigi a la puerta del local y la abri de un puntapi.

    Cuando subi la mirada pudo ver cmo un arma le apuntaba

    directamente al rostro. David observ tambin al recin llegado. Era

    un joven que rondaba la misma edad que l. Su cabello era corto y

    negro, sus ojos eran de un color extraamente naranja y

    definitivamente estaba en buena forma fsica. Vesta una chaqueta de

    cuero blanca con detalles en negro, unos pantalones de mezclilla muy

    desgastados, un par de tenis que parecan de otra poca y un collar

    que sostena un colguije de cristal en forma de gota. El arma que

    apuntaba era poco comn, nada parecida a las que cargaban los otros

    sujetos o a cualquiera que David hubiese visto en su vida. Era

    plateada, con mango de madera, alargada y muy escandalosa; no

    pareca utilizar lumen para funcionar.

    Sin embargo, lo ms extrao de aquel tipo, era que llevaba lo que

    pareca ser una especie de espada envainada, sujeta a la cintura.

  • 53

    -Hola, cario. Lo siento, el abogado dijo que los nios se quedan conmigo -bram el extrao joven.

    -Gabriel! Cmo es qu? -Bam! Ava no pudo terminar la frase. El chico le haba disparado en la frente sin pensarlo dos veces. Ella cay pesadamente, con un extrao resplandor azul cubrindole el rostro.

    -Por qu siempre peleamos? -dijo en tono de burla Gabriel, despus tom a David y lo hizo a un lado.

    Los dos compinches de Ava comenzaron a dispararles rfagas de

    Lumen. Gabriel extendi su brazo y una barrera de color azul

    apareci frente a l, en la cual, las descargas de energa se estrellaron

    y desvanecieron.

    Abel aprovech esto para tomar una de las sillas y quebrar la ventana

    ms cercana a l. Tom a Samanta de los brazos y le ayud a salir por

    ah.

    Gabriel sonri perezosamente a sus atacantes, los cuales,

    furiosos, seguan disparando. Dio un paso hacia delante y antes de

    que los dos mercenarios pudieran reaccionar, ya se encontraba

    frente a ellos, habindose desplazado ms rpido que un parpadeo. El

    chico en chaqueta los toc en el pecho y ambos salieron despedidos

    hacia atrs.

    David se incorpor y sali por la puerta principal del lugar para

    encontrarse con sus amigos. Sin embargo, un sujeto ataviado con una

    manta caf ya los tena capturados con sus dos enormes brazos. Era

    un sujeto alto, de piel oscura y ojos completamente negros.

    David, furioso, corri hacia ellos pero Ava apareci sbitamente

    frente a l, extendi el brazo y lo derrib nuevamente sin ningn

    problema. La mujer puso su pie en la garganta del muchacho, el cual

    luchaba intilmente por liberarse.

  • 54

    -Sultalos -David alcanz a escuchar. Era el tal Gabriel, quien haba sacado su espada y ahora amenazaba a la pelirroja colocndosela justo en la garganta.

    -Gabriel, hace cuanto que no nos vemos? -pregunt el sujeto de piel oscura.

    -Dcadas, y aun as no parece suficiente, Baltasar. Por todos los cielos, s que eres feo -rezong Gabriel mirndolo de reojo, sin perder de vista a Ava.

    David crey haber entendido mal. Acaso haba dicho dcadas?

    Era imposible.

    Samanta y Abel haban dejado de pelear. Por ms que lo

    intentaran, no haba forma de escapar de ese par de brazos que

    parecan hechos de acero.

    Las pocas personas que pasaban por aquellos rumbos, miraban

    incrdulos la escena. Una seora de edad avanzada, se